sábado, 30 de abril de 2016

Lectura recomendada para la semana


Hacia una conciencia de la experiencia de Dios

Vanderlei Altoé Fazolo


En el punto introductorio de la encíclica Fides et Ratio (FR), del Pontífice Juan Pablo II, hoy elevado a los altares mayores de la Iglesia Católica como Santo, encierra la afirmación que “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad". El Santo Padre explica que en el ser humano, “además del conocimiento propio de la razón humana, capaz por su naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es peculiar de la fe" (FR 8), es decir, proveniente de la Revelación como conocimiento que Dios mismo ofrece al hombre.

Con ello, deja evidente la presencia de dos vías de conocimiento: la razón y la fe. Por ello, se puede decir que para llegar hacia la concientización de la experiencia de fe, debe haber de antemano el conocimiento de la razón, que permite abrirse al plan trascendental de la misma existencia humana. Así, fe y razón son dos polos distintos, pero no distantes, y ambos se necesitan mutuamente para que ninguno de las dos sucumba al relativismo que aún está vigente en la actualidad. Este doble movimiento se hace muy presente en las expresiones que Juan Pablo II utiliza para introducir cada una de las vías de reflexión, es decir, el “Credo ut intelligam” y el “Intelligo ut credam”.

Dichas expresiones, las cuales son originarias del libro del profeta Isaías, en el desarrollo de la historia se han hecho presentes en los escritos de muchos pensadores. En especial las encontramos en San Agustín, quien vincula sabiamente estos dos polos, razón y fe, que son “las dos fuerzas que nos llevan a conocer” (Agustín, 2009(a): 3, 20, 43). En el pensamiento del Hiponense, el “Crede ut intelligas(cree para entender), significa que el creer abre el camino para cruzar la puerta de la verdad. Ya el “Intellige ut credas” (entiende para creer), escruta la verdad para poder encontrar a Dios y creer. De ahí que la fe cristiana, y en general en el conocimiento cristiano, debe apoyarse en el discurso racional, ya que éste, si es correcto y no se aparta de la verdad, necesariamente estará en pleno acuerdo con la fe (Cf. Agustín, 2011).

Ahora bien, creer y entender son dos consignas claves en la vida de todo ser humano, sea él cristiano o no. Dichas consignas se expresan en una acción permanente en función de un fin particular, pues el hombre es en sí un ser religioso, marcado por una búsqueda continua en su existencia de una meta que va más allá de sí mismo, pues es lo que lo lleva a avanzar cada día, con el fin de alcanzar el objetivo que pueda dar razón a su existencia, la felicidad. Sin embargo, muchas son las posibilidades de interpretación las que describen el término felicidad.

Así, para un cristiano la felicidad está vinculada con la verdad, que en instancia final es el mismo Dios. Para otros puede ser otro concepto, como Idea, Absoluto, Energía, entre tantas otras expresiones. No obstante, hay un punto en común entre todas esas expresiones, independientemente de la identidad que cada uno pueda atribuir a lo que va más allá del ser humano, todas ellas, llevan a una única conclusión, DIOS.

Por tanto, creer y entender resultan en una acción expresiva del ser humano, que se determina en una acción humana precisa, que puede convertirse en una actividad religiosa o experiencia espiritual. Las actividades son hechos concretos que permiten ser observadas desde un abordaje, análisis, interpretación, reflexión y evaluación que conlleva en sí una experiencia captable, procedente del mismo ser humano, desde su interior, específicamente desde las neuronas que constituyen la esencia del cerebro. Así, creencia y entendimiento son acciones, actividades continuas que perfilan el modo de ser del ser humano, propias de movimientos que surgen del cerebro humano, con posibilidades de ser estudiadas en todo su proceso.

En el cerebro, está el núcleo central de todas las actividades humanas, donde se encuentra el punto primordial que expresa el modo de ser del ser humano. De ahí que el cerebro es el instrumento que posibilita detectar las acciones y reacciones de las diferentes dimensiones que constituyen el sujeto humano integral; es decir, cognitivo, emocional, espiritual, físico, social, sexual, personal, entre otras. Sin embargo, el ser humano está definido por dos vías específicas, la humana (cuerpo) y la espiritual (alma), donde la persona humana, conformada en su alma espiritual, de entendimiento y de voluntad, está desde su concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza eterna. Camina hacia su perfección en la búsqueda del amor, de la verdad y del bien (Cf. CIC: 1711).

El Alma y el cuerpo en unidad, proporcionan la existencia real del ser humano. Este ser humano, dotado de un alma espiritual e inmortal (Cf. GS 14), es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3), donde el haber sido destinado a la comunión eterna con Dios, le da al hombre un modo de ser propio. Sin embargo, el ser humano es también un ser corporal, situado en el universo material, que por la voluntad de Dios, está dotado de cuerpo, no como si fuera un instrumento exterior y transitorio, sino como parte intrínseca de su ser.

El hombre tiene un aspecto espiritual, en el cual se manifiesta su condición de interlocutor de Dios; y un aspecto material, en el que se manifiesta su vocación de administrador del universo material (Cf. Lorda, 2009: 288). De ahí que alma y cuerpo no son dos partes separadas que forman al hombre debido a su suma o al hecho de que se entrelazan entre sí, sino que en realidad, alma y cuerpo constituyen al ser humano porque se integran.

Ahora bien, el alma que se manifiesta en el hombre no es un alma cualquiera, pues “el animal también consta de alma y cuerpo; el hombre consta de alma racional y de cuerpo mortal, y busca la vida feliz” (Reinares, 2004: 77), caracterizando así las dimensiones interior, exterior y superior que instituye a todo ser humano. Por tanto, el alma tiene características muy particulares que expresan su presencia en los cuerpos; es decir, su conceptualización vegetativa, que da vida a los cuerpos vegetales; la sensitiva, que da vida a los animales; y la intelectiva, propia de los seres humanos. Pero el ser humano lleva impreso en sí tales características, sin que sean tres almas sino una única y misma alma que compagina diferentes niveles, correspondiendo a los diversos grados de ser, o sea, la forma corpórea no viviente; la forma corpórea viviente; la vida vegetativa; la vida sensitiva; la vida intelectiva y la vida inmoble o vida feliz, ligada indisolublemente a la sabiduría (Cf. Agostino, 1992: 1, 8, 8).

Por tanto, el alma y el cuerpo llevan en sí un instrumento que hace del hombre un ser especial y total. El alma tiene como instrumento la mente que es un sistema integrador de procesos dinámicos en interacción; es decir, procesos conativos, cognitivos y emocionales. La mente constituye el lugar de la actividad psíquica, considerada en su totalidad, englobando operaciones conscientes y no conscientes, entre las cuales, las emociones y los sentimientos. Así, la mente es algo inmaterial, invisible, no palpable, y el cerebro que es una estructura física, un órgano de suma importancia que tiene como función el control de las actividades vitales del ser humano.

Ambos están interrelacionados, donde el desarrollo del cerebro está condicionado tanto por el medio donde el hombre se encuentra inserido, como por las experiencias vividas por el mismo hombre. Sin embargo, siendo que la mente, ocasiona influencia directa en el desarrollo del cerebro, ello determina que en el mismo modo el desarrollo del cerebro influye en el desarrollo de la mente. Así se da en los comportamientos humanos que solo existen debido a los procesos mentales, controlados por el cerebro que los adecuan en una conducta específicamente humana.

El cerebro y la mente están caracterizados por una interrelación de influencia sobrepuesta el uno al otro, donde hay una relación de interdependencia. Están compaginados al estilo de una computadora, donde hardware (cerebro) y software (mente) hacen su realidad, pues sin el hardware o software la computadora no puede funcionar; es decir, sin el cerebro la mente no puede funcionar, sin la manifestación comportamental, la mente no puede ser expresada. El ser humano sin uno u otro, pierde su condición de desarrollo intelectual, dejando de asumir su rol de sujeto activo en el mundo.

Con ello se puede decir que el proceso cerebral y proceso mental son distintos, pero interdependientes uno del otro, ocasionando en su respuesta final la experiencia de vida del ser humano. En el cerebro están las herramientas intelectivas, que la mente usa para abrir las puertas del conocimiento, y en un paso más adelante, haciendo uso de la inteligencia, convierte los conocimientos en sabiduría que viene de la experiencia vital. A partir del desarrollo de ambos se alcanza la dimensión de conciencia que influye en la experiencia total del hombre.

Ahora bien, el hombre está en continuo movimiento, en búsqueda de respuestas que den el sentido de ser de sí mismo. Tal búsqueda no se encierra en la dimensión física, sino que trasciende este plano, adentrándose en una dimensión más allá del plano meramente humano. Por tanto, el hombre al moverse en el ámbito de la espiritualidad (interioridad), descubre la realidad interna del horizonte habitacional de aquel que ha sido y sigue siendo Luz de la verdad interior: Dios, el cual, no deja de permanecer en la existencia del alma, ya que no las abandonó después de haberlas hecho. Dios está en intimidad con nuestro corazón, pero nuestro corazón lo ha abandonado (Cf. Agustín, 2005: 5, 12, 18).

No obstante, no es Dios que se aparta de su morada, sino la morada que cierra sus puertas y ventanas para que la luz de Dios no se haga presencia iluminadora del alma. El hombre está llamado a dejar las cosas mundanas para rearmonizarse con su ser interior y así abrirse a la iluminación del Ser superior para adherirse a Él, quien es su Hacedor. Y al llegar a la instancia interior llega a la Verdad superior, a Dios, luz del hombre interior. Esta morada es lugar que identifica la existencia de todo hombre que se abre a la verdad, es decir, su recta razón, su conciencia misma que lo lleva a la toma de decisiones hacia el bien o el mal; a la luz o las tinieblas, pues es el “centro de las operaciones más delicadas del espíritu, del reposo y de la paz” (Oroz Reta, 1988: 288).

Así, para que el hombre pueda encontrarse con la verdad interior, es necesario el cambio interior, la conversión del corazón y de la mente, lo cual lo lleva hasta donde él deseaba llegar y a lo que él quería alcanzar: la verdad que habita en su interioridad. Y en la verdad está el origen de toda virtud y la raíz de toda sabiduría. Esta verdad, que renueva y transforma las almas, es la presencia misma de Dios que participa en el mundo de los hombres, haciéndolos seres capaces de amar y perdonar; constructores de paz y fraternidad en toda la humanidad.

Por tanto, el hombre, criatura originada por Dios en su plan creacional, siendo un ser que participa del Ser, lleva en sí la condición de imagen de Dios, haciéndolo un ser existente estructurado en el mismo Creador, la cual condición es un hecho propio que se encuentra impreso en el alma del ser humano y es una característica determinante porque es “una sustancia dotada de razón destinada a regir el cuerpo” (Agustín, 2009(b): 13, 22), donde el alma, en el actuar de la mente, junto a la acción del cerebro, hace posible el modo de ser del ser humano.

Esta experiencia de Dios, es una experiencia captable por el proceso cerebral, a pesar de ser una experiencia originada por el proceso mental, que permite que el cerebro sea portador de sus capacidades. Siendo el cerebro el instrumento fundamental que comporta todos los movimientos del ser humano, y dentro de ello, sostiene las diferentes sensaciones o emociones, permite comprender las experiencias vividas del hombre en relación a Dios. Sin embargo, la espiritualidad sí es posible abstraerla, aun siendo ella un fenómeno complejo, implicándose en múltiples áreas del cerebro, donde se ve relacionada con diferentes aspectos de las experiencias espirituales.

Los estudios propuestos por la neurociencia, han mostrado la posibilidad del cerebro de describir las diferentes experiencias espirituales que el hombre experimenta a diario. Estas experiencias se dan en la diversidad de acciones probadas a menudo por el hombre, sean ellas por medio de oraciones, canciones, meditaciones, ejercicios terapéuticos y espirituales, entre otros. La constante ejercitación de las neuronas, en particular las provenientes del hemisferio derecho del cerebro, posibilitan la elevación de una experiencia espiritual más precisa del hombre con Dios. Por tanto, son imprescindibles para la ayuda de crecimiento en la misma espiritualidad.

Además, hay que determinar los límites que perfilan las instancias del proceso propuesto por la neurociencia, la cual debe ser vista como medio hacia un fin, y jamás fin en sí misma. Por ello, las técnicas de la neurociencia puestas al servicio del hombre para adquirir mayor calidad de vida, sin interferir en su libre albedrío, siempre son factibles y aceptables, porque transforman la neurociencia en una herramienta que consolida la experiencia existencial-vivencial del hombre, respecto al mundo, a Dios y a sí mismo.

Así, la neurociencia, que estudia el proceso cerebral, en el cual ocurre el dinamismo de la razón, y la espiritualidad, que estudia el proceso mental, donde se da el dinamismo integral entre doctrina y vida, principios y experiencia, forman una hermosa y magnífica pareja. Consolidadas en un auténtico matrimonio, ambas tienen como campos pragmáticos el mismo horizonte: Dios. Son ellas vías hacia la experiencia de Dios que conducen a una experiencia viva, renovadora y transformadora del ser humano.

Hoy podríamos decir, de modo particular en Venezuela, que dicha experiencia debe ser movida en la vida de los seres humanos que conforman nuestra sociedad, y así promover el redescubrimiento de la necesidad de administrar valores y principios que posibiliten reeditar la identidad del ser humano, que sufre por su falta de armonía consigo mismo y hacia a Dios. Y en esto la neurociencia puede y debe ser utilizada como una herramienta fundamental al servicio del ser humano, para irrumpir en las “conciencias” deterioradas por el individualismo, el materialismo y el gnosticismo atrofiante de una razón sin razón. Ello abre las conciencias hacia la experiencia del Amor que introduce al hombre hacia una sociedad que participa del bien común, regida por la experiencia de vida, eficaz e innovadora, confluida en paz, justicia y felicidad.


Referencia bibliográfica

Constituição Pastoral Gaudium et spes (GS) (200029). Compêndio do Vaticano II. Constituições, Decretos e Declarações. Vozes. Petrópolis.

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AGUSTÍN S. (2011). La fe y la razón in http://www.wikiteka.com/apuntes/san-agustin-49/. Texto escrito el 22 de Febrero de 2011. Consultado el 29 de mayo de 2015.

LORDA J.L. (2009). Antropología Teológica. Eunsa. Pamplona.

OROZ RETA J. (1988). San Agustín: cultura clásica y cristianismo. Universidad de Salamanca. Salamanca.


REINARES T. A. (2004). Filosofía de San Agustín. Síntesis de su pensamiento. AVGUSTINVS. Madrid.